Organizaciones sostenibles, una apuesta para el futuro

Por: Carlos Francisco Restrepo P - Ingeniero Civil Javeriano - 1993 - Gerente Maximizar Equipo Consultor

Hace algunas semanas, en una conversación con algunos amigos empresarios, surgió la pregunta ¿qué debe hacer que una organización para llegar a ser sostenible y perdurar en el tiempo? Traje entonces a colación un referente en este tema, el libro “Empresas que Perduran”, de Collins y Porras[1], del cual compartí las siguientes ideas:

  • No hay ningún conjunto “correcto” de valores básicos para ser una compañía que perdura, dos compañías pueden tener ideologías radicalmente distintas y, sin embargo, ser ambas visionarias.
  • La variable crucial no es el contenido de la ideología sino cuán profundamente la compañía cree en ella y cuán consecuentemente la vive, en tal sentido, las compañías que perduran no se preguntan, ¿Qué debemos valorar? sino, ¿Qué valoramos realmente en lo más hondo de nuestro ser?
  • Contrario a lo que sostienen algunas facultades de administración de negocios, maximizar la riqueza de los accionistas o maximizar las utilidades no ha sido el motor ni el objetivo primario en la historia de las compañías que perduran. De hecho, estas persiguen un grupo de objetivos, de los cuales hacer dinero es sólo uno, y no necesariamente el principal. Paralelo a maximizar la utilidad, cuentan con una ideología básica y un sentido de propósito más allá de la rentabilidad. Paradójicamente, son más rentables que las compañías motivadas únicamente por el lucro.
Coincidimos entonces los presentes en que el equilibrio entre propósito y rentabilidad entre el corto y el largo plazo es una de esas condiciones que se requieren para perdurar en el tiempo. Ello implica que se da al propósito de la organización un lugar preponderante y que la estrategia gira en torno de él y conlleva a entender que, si bien la rentabilidad es necesaria, debe ser el resultado de cumplir con el propósito y de crear o consolidar internamente las capacidades que permitan dicho cumplimiento.También coincidimos en que dicha condición, si bien es necesaria, no resulta suficiente, por lo que la conversación nos llevó a compartir y concretar otras ideas que describen condiciones también necesarias para la sostenibilidad de la organización; he aquí el listado de las mismas:
  • Aportar a la consolidación de un entorno sostenible
  • Guiarse por un marco centrado en valores
  • Consolidar una cultura organizacional sólida.
  • Afianzar y multiplicar sus habilidades distintivas
  • Mezclar experiencia y juventud.
La primera de estas condiciones, aportar a la consolidación de un entorno sostenible, es la que considero más importante y por tanto centraré mi reflexión en ella. Esta idea parte de la premisa de que una empresa, para ser sostenible, requiere un entorno sano donde desarrollarse y que la organización misma puede aportar a construirlo.
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Empiezo por decir que no es un secreto que nuestra huella en el mundo es francamente desalentadora y que el legado que hemos dejado a las próximas generaciones no parece ser el mejor. Sin duda alguna la deforestación indiscriminada, la explotación desenfrenada de recursos, la imparable influencia del consumismo y la contaminación sistemática nos han llevado a afectar el delicado balance de la vida, poniendo en vilo nuestra propia subsistencia como especie. En consecuencia, el cambio climático, la desertificación, la escases de agua y la insuficiencia alimentaria ya no son un asunto de literatura apocalíptica, sino una realidad latente que parece incontrovertible, claramente protagonista de la agenda mundial y es, sin duda alguna, una de las principales amenazas a las que se enfrenta la humanidad.

¿Acaso todo ello no pone en riesgo a la sociedad misma y a las empresas como parte integrante del sistema social?
Lo bueno es que al parecer las señales de alarma han captado nuestra atención y algo hemos aprendido, así que la palabra sostenibilidad se ha puesto de moda y nos ha impulsado a la acción. De hecho, el crecimiento de la conciencia colectiva es su motor principal.

Gracias a ello hoy en día es común hablar de conservación, desarrollo sostenible, energías limpias, agricultura orgánica o minería responsable. Además, se han firmado acuerdos entre naciones que buscan poner freno a los impactos negativos del crecimiento económico y fijan metas ambientales concretas de corto, mediano y largo plazo. Por ende, muchos gobiernos han expedido leyes para regular la forma como se realizan ciertas actividades o como se explotan, producen o usan determinados recursos. Es así que, en muchos países de todo el mundo, se trabaja a toda marcha en la implementación de gigantescos proyectos de energía solar, geotérmica o eólica, o se hacen importantes esfuerzos en reforestación. Incluso hay apuestas ambiciosas e innovadoras, como es el caso de la política de cero deforestación de Noruega[2], en la que se apuntan a poner un freno a la deforestación que se da no solo dentro del propio territorio, sino desincentivar la que se da por fuera de este.

Y es que claramente la sostenibilidad ambiental se ha abierto paso en una economía globalizada, de hecho, se ha vuelto un negocio muy lucrativo, dando espacio a empresas dedicadas enteramente a este tema. Tal éxito es fácil de entender, ya que asuntos como la huella ambiental impactan la reputación de las organizaciones y, en tanto esta se ha convertido en un activo de gran valor, cada vez más empresas invierten en disminuir los impactos que su actividad produce o buscan compensarlos, en consecuencia, gastan millones en bonos de carbono o mecanismos similares, o participan activamente de programas dedicados a la conservación o recuperación del medio ambiente, o invierten en energías alternativas, o le apuestan a tecnologías que buscan un mejor aprovechamiento de materiales reciclables y, cada vez más, le abren espacio a lo biodegradable.

Pero aún queda mucho camino por recorrer pues, a decir verdad, solo por mencionar el ejemplo de las iniciativas de reforestación, el balance de los árboles perdidos año a año excede ampliamente los que se siembran. Esto nos plantea un reto y a la vez una oportunidad.
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Al hacernos conscientes de que la sostenibilidad ambiental es una responsabilidad colectiva que se enriquece con el aporte individual, se nos plantea un reto estructural: lograr que todos aportemos.

Si bien se podría pensar que es asunto de otros, de los gobiernos quizás, y por supuesto que lo es, claramente también es asunto nuestro, así que todos tenemos que aportar. Y es que el verdadero cambio no se logra solo con lo que una empresa o una persona hagan, aunque claramente lo que una persona haga cuenta y suma y más puede sumar lo que haga una empresa, así que, aunque algunos no aporten, los que ya lo hacen deben mantener el esfuerzo porque, como reza el dicho, si bien “una golondrina no hace verano”, es mejor pocos que ninguno y mucho mejor muchos que pocos.

En ánimo de discusión, podría afirmarse que no parece tener mucho sentido hablarle de sostenibilidad o responsabilidad ambiental a alguien que no tiene con qué comer o con qué educar a sus hijos, o a una empresa que se está quebrando. Sin embargo, no hay otro camino, pues la situación nos afecta a todos, así que inevitablemente todos debemos ser partícipes. Ello conduce a que es necesario inculcar una visión de sostenibilidad en todas las personas y exigirles a todos participa; pero también implica que a mayor capacidad mayor responsabilidad y que por tanto quienes más tienen deben aportar más.

Ahora bien, una empresa no se desempeña solamente en un entorno físico, sino también en un entorno social y económico, así que la condición “Aportar a la consolidación de un entorno sostenible” tiene otra cara, la de un mercado sano, social y económicamente, que impulsa la consolidación de las empresas existentes y la creación de nuevas empresas, permitiendo la competencia entre ellas y dándoles espacio para crecer de forma segura.
Surge entonces la pregunta ¿qué tan sostenible puede llegar a ser una empresa en un mercado que decrece o en una sociedad insana?

Legítimamente alguien podría desestimar esta pregunta al afirmar que en el mundo hay muchas empresas que basan sus negocios precisamente en la existencia de condiciones adversas de mercado o en la existencia de conflictos sociales, e incluso guerras, y son muy exitosas en ello; esto bajo la misma idea que profesa el popular adagio que dice que “en río revuelto ganancia de pescadores”. Al respecto, debo decir que éxito y sostenibilidad son conceptos diferentes pues, si bien la sostenibilidad conlleva tener éxito, se puede tener éxito sin que este sea sostenible; es decir, la sostenibilidad implica que el éxito se pueda dar de forma permanente y duradera en el largo plazo. Entonces, si bien se puede ser exitoso en el río revuelto, la cuestión es que tanto puede perdurar dicho éxito ¿generaciones acaso?

Retomando la pregunta ¿qué tan sostenible puede llegar a ser una empresa en un mercado que decrece o en una sociedad insana? me preocupan especialmente algunas cosas que vienen pasando, veamos:

¿Qué tan sano puede ser un mercado donde en vez de crearse empleo este se destruye? Al respecto, y solo por poner un ejemplo, quiero hacer notar que desde hace un tiempo es un hecho tangible que la evolución de la tecnología ha llevado a que los robots estén reemplazando a los humanos en el trabajo, no solo en la producción industrial sino también en actividades de corte intelectual, aportando productividad y precisión; claramente ha dejado de ser un asunto de ciencia ficción. Sin embargo, hay una contradicción en querer que personas compren nuestros productos pero no querer que haya personas en su elaboración. ¿Qué pasaría si todos los empresarios pensaran así?, claramente estaríamos en problemas, pues los índices de desempleo se dispararían y consecuentemente la pobreza también lo haría y entonces ¿quién comprará los productos de las empresas? ¿quién pagará por sus servicios? No es que la evolución de la tecnología sea un problema en sí o no sea deseable, pero va más rápido que nuestra capacidad de reinventar el trabajo, por tanto, se están creando menos nuevos tipos de empleos que los que se están reemplazando. A esto hay que sumarle que el sistema educativo (al menos en Colombia) se centra en la formación de empleados en vez de centrarse en la formación de emprendedores, en consecuencia, se crean pocas empresas, pero cada vez aumenta más la demanda de empleo.

¿Qué tan sano puede ser un mercado donde se está sacrificando calidad por precio? Nuevamente a manera de ejemplo comparto que últimamente se ha vuelto muy frecuente para mí el escuchar a gerentes y propietarios de pequeñas y medianas empresas quejarse por tener que financiar a las grandes organizaciones, ya que los pagos recibidos por los servicios prestados o los productos que venden se realizan en plazos de 90, 120 días o más. Y se quejan aún más por la presión permanente que sienten por parte de sus clientes para reducir los precios de venta; según afirman, las áreas de compras de las grandes corporaciones han dejado de lado el valor intrínseco de los productos y servicios, centrándose en la descripción del producto/servicio como si todo fuera un comoditi, igualando cosas que en esencia no lo son, pues comparan sin considerar las especificaciones y calidades propias de cada producto y sin dar reconocimiento al valor agregado que estos aportan. Al parecer la relación costo/beneficio ha dejado de ser un criterio de selección, y se está fijando la atención exclusivamente en el precio, dejando de lado el valor. En consecuencia, para mantenerse a flote, muchos empresarios han venido reemplazando trabajadores experimentados por otros más baratos y han disminuido el número de empleados, han venido buscando reducciones en los costos de materias primas, arriesgándose al utilizar insumos que no dan todas las garantías, y han reducido controles al interior de sus procesos. Por su parte los grandes empresarios se quejan por tener que competir contra productos que ingresan al mercado de contrabando o contra productos hechos masivamente en países como China, y que invaden el mercado a bajos precios y muchas veces con dudosas especificaciones, y en respuesta a esto presionan a la baja los costos y en algunos casos han disminuido las propias especificaciones de calidad.  Ante tal panorama hay que preguntarse ¿qué tanto podría afectarse la calidad de los productos y servicios de una gran empresa si sus proveedores se ven presionados a disminuir la calidad de los insumos y servicios que los sustentan? y ¿hasta cuándo el mercado aceptará recibir productos y servicios de mala calidad? Vale la pena considerar que las asociaciones de consumidores cada vez son más poderosas y cada ponen más atención a las prácticas empresariales, trabajando constantemente en la creación de conciencia respecto de la importancia de la calidad.

¿Qué tan sano puede ser un mercado en el que no se da al ser humano el valor que merece? Esta sola afirmación podría requerir de un artículo completo (o un libro quizás) para ser desarrollada correctamente, aunque basta con ver las noticias para saber que es verdad y que el mundo está viviendo una época de gran conflicto y una verdadera crisis humanitaria. ¿Pueden darse el lujo las empresas y organizaciones alrededor del mundo de creer que dicha crisis no las afecta? Bastaría con preguntarles a aquellas que se vieron afectadas por el ataque al Worl Trade Center del 11 de septiembre o a más recientemente a las empresas del sector Salud en Colombia respecto del impacto que han recibido producto de la crisis de migración de venezolanos en 2018. Y solo por poner un ejemplo, no resulta un secreto que, en busca de disminuir agresivamente sus costos, muchas grandes corporaciones han visto afectada su reputación por tercerizar o mover sus operaciones a países y territorios donde pueden incumplir estándares de trabajo digno y decente, o donde no hay controles estatales sobre las formas operación de las empresas, o sus impactos ambientales. ¿Hasta cuándo el mercado aceptará recibir productos en los que se haya involucrado trabajo infantil o que no cumplan con estándares de comercio justo?; no es posible ignorarlo puesto que existen movimientos sociales de gran fuerza que trabajan insistentemente en crear conciencia alrededor de estos temas y que cada vez tienen más eco en la sociedad.

De seguro se podría hacer un análisis más profundo sobre el impacto del entorno social y económico en la sostenibilidad de las organizaciones, de seguro habría muchas más preguntas por hacer y cosas que decir y por las cuales preocuparse, de hecho, las tres preguntas propuestas están relacionadas entre sí, con afectaciones mutuas e impactos incrementales.

Al final, todo esto conlleva a que las empresas deben verse a sí mismas como actores sociales activos con el poder para ayudar, no solo a sus accionistas y al progreso de sus empleados, sino al desarrollo social y económico de las comunidades en sus entornos de operación, el poder para contribuir al desarrollo y fortalecimiento de sus proveedores, así como para educar a sus consumidores, el poder para aportar a la construcción de conocimiento para la generación de empleo y para la creación de más empresas. No se trata de reemplazar al Estado en sus funciones, pero al contribuir a la creación de mercados más sanos se está contribuyendo al propio futuro y a la vez al futuro de todos.

Aunque el panorama presentado suena un poco desalentador, muchas organizaciones han entendido su rol en la construcción del cambio necesario y le apuestan activamente a programas de responsabilidad social, que bien estructurados involucran no solo los recursos de la empresa, sino el aporte voluntario de sus empleados y convocan a otros grupos de interés y a las comunidades mismas, creando una sinergia que multiplica el impacto de sus acciones.

Como hemos visto, cuando hablamos de sostenibilidad de las empresas el equilibrio es la clave y empieza por saber cuál es el propósito al que se sirve, cuan firmemente se cree en ello y cuanto esfuerzo se le dedica, pero implica también el equilibrio de las organizaciones con sus entornos, que incluye no solo la relación con las comunidades y el medio ambiente, sino también la relación con sus trabajadores, con sus proveedores, sus competidores y por supuesto con sus inversionistas.

En conclusión, el desarrollo sostenible[3] es posible, pero requiere de la acción decidida de los empresarios y la sociedad. Además, creo yo, se necesita respeto y responsabilidad, esto en un sentido particular, tal y como me fue enseñado en casa por mis padres, bajo la idea de que uno debe devolver aquello que le fue prestado en mejores condiciones que aquellas en las que lo recibió o al menos en las mismas. Y todo ello implica aceptar que el mundo nos fue prestado y que es un hogar de paso, no sólo para nosotros sino también para las generaciones futuras.

Al final todo se resume a una discusión de consecuencias e impactos, y de las decisiones que las generaron, pues cada decisión que tomamos, cada acción que emprendemos, genera un efecto a nuestro alrededor, a veces sutil, a veces profundo, en ocasiones positivo y otras negativo, a menudo individual y en muchas ocasiones colectivo. Son precisamente esos impactos y consecuencias lo que hace la diferencia entre la sostenibilidad de una organización o su caducidad, entre un mundo sostenible y uno que no lo es, entre un futuro donde quepamos todos y nuestro fracaso como sociedad. Vale la pena cuestionarse ¿Qué efectos queremos producir?

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